Recordando a D´Angelo, rescatamos este artículo publicado originariamente en el número 51 de la edición impresa de Enlace Funk, en noviembre de 2015, escrito por Gaspar Antuña coincidiendo con la publicación de Black Messiah y que ocupó la portada de ese número.

La contenida producción musical de D’Angelo se resume en apenas tres discos de larga duración en poco más de dos décadas. Escasa si la comparamos con sus mentores, Curtis Mayfield, Prince o George Clinton por mencionar solo algunos, cuya incontinencia creativa se desplaza a lo largo de sus carreras como una profunda y alargada sombra. El infalible y demoledor paso del tiempo, sin embargo, no ha hecho sino confirmar su presencia en el Olimpo de los Dioses del Soul, ese cetro al que muchos aspiran pero solo unos pocos alcanzan.

Brown Sugar
«Nadie ha utilizado nunca las palabras «Shit, Damn, Motherfucker» con más dulzura.»
No parece casual que D’Angelo eligiera el 4 de Julio, día de la independencia de los Estados Unidos, como fecha de publicación de su primer y aclamado debut, Brown Sugar; después de todo, su recién nacida criatura era un artefacto genuinamente americano, como lo era el Jeep, los pantalones vaqueros o la Ruta 66.
En aquel verano del 95 el Hip Hop, la última de las innumerables aportaciones de la minoría de color a la cultura popular americana, vivía un cierto estancamiento tras una década en la que su influencia, calidad y condición artística no había dejado de crecer. Aquel movimiento esquelético, casi naif, plagado de rabia y buenas intenciones se había convertido en un adulto sofisticado cuyo ámbito de acción salía del gueto que le había visto nacer para instalarse cómodamente en el mainstream. La música negra necesitaba un revulsivo, alguien que recogiera el testigo de los Jungle Brothers, A Tribe Called Quest o De La Soul, y avanzara en la dirección adecuada.
Fue entonces cuando un desconocido y ofensivamente joven de nombre artístico D’Angelo (Michael Eugene Archer, el niño prodigio, el hijo del predicador) se postuló al trono de icono soul reuniendo algunas de las virtudes que adornan el cargo y que genios como Prince o Marvin Gaye atesoraron antes que él: belleza, sexualidad explícita, talento desbordante, una voz única y un sonido personal, intransferible.
Resulta insólito que un joven de tan solo veintiún años fuera capaz de construir una obra de semejante calado. Su relación con el disco abarcaba todos los frentes posibles: la autoría y composición de los temas, la instrumentación de los mismos (se dice, y así aparece consignado en los créditos, que es capaz de tocar guitarra, bajo, teclados, saxo, percusión…) y la producción. Toda una personalidad renacentista a la manera de su admiradísimo Prince.
En la soledad de su habitación, utilizando un modesto grabador de cuatro pistas, pergeñó la estructura fundamental del disco. Su criatura era un compendio de soul sureño y Hip Hop versión Costa Este, de groove humeante y sincopado, romántica y áspera al mismo tiempo.
“Brown Sugar”, el fenomenal corte que abría el disco y primer single (coproducido por Ali Shaheed Muhammad de sus venerados ATCQ) servía de perfecta declaración de intenciones. A éste le seguirían su encendida versión del “Cruisin’” de Smokey Robinson y “Lady”, compuesta por ese otro genio que es Raphael Saadiq y que le supondría su primer disco de oro y consagración definitiva. Según parece, éste era el tema que menos le convencía, por sencillo y excesivamente pulido, alejado del sonido rudo y áspero que buscaba. No tardó en cambiar de parecer ante la cantidad de gente que confesaba haber procreado con el tema como telón de fondo (eso que en USA conocen como “baby makers song”….)
El resto de canciones que completaban la obra no desmerecían en absoluto. De hecho, ampliaban la paleta de influencias en intenciones hasta límites insospechados. La hechura de Jazz clásico grabado en vivo de “When We Get By”, el blues de arrabal que era ”Shit, Damn, Motherfucker” (“why are you sleepin with my woman!!”) o el Soul canónico de “Me & Those Dreamin’ Eyes Of Mine” (acompañada de un expresivo y narcisista vídeo donde se le veía tocando todos los instrumentos). “Higher”, por su parte, servía de cierre y auto homenaje; después de todo Michael no dejaba de ser el hijo del predicador.
Muchos han sido los que consideran Brown Sugar, no sólo el mejor álbum de R&B de la década, sino punto de partida del controvertido movimiento conocido como neo soul o nu soul, que tanto da; ese derivado del Soul que incorpora instrumentos y producción contemporáneas al canon clásico, devolviéndole el aroma orgánico que el hip hop le había retirado en favor del sampling. Los detractores afirman que la existencia de un nuevo soul parece implicar la defunción de su predecesor, cosa que obviamente no ocurrió nunca. Para otros, no deja de ser una etiqueta que define un sonido y un momento en la música negra contemporánea que ayuda a vender discos y a dar a conocer a un puñado de enormísimos músicos, al tiempo que aporta una cierta y necesaria distancia con los padres fundadores. La portada misma revela el juego entre la herencia y el futuro: esa foto en primer plano con cazadora de cuero y mirada en tres cuartos homenaje al What’s goin On de Marvin Gaye, subrayada con una tipografía y un peinado decididamente contemporáneos.
Con el tiempo, llegaron obras que aportarían sustancia y cimientos al género, como el Baduizm de Erykah Badu, el Who’s Jill Scott de Jill Scott o, la obra magna que más tarde abordaremos, Voodoo del mismísimo D’Angelo; la esencia, los mandamientos inexcusables del género, ya estaban presentes en todo su esplendor en Brown Sugar.

Voodoo
Magia negra.
Voodoo, la segunda y fundamental obra de D’Angelo, salió al mercado el 25 de Enero del 2000, pocas semanas después de que el mundo se sacudiera el polvo de la enésima plaga dispuesta a sumirlo todo en un caos sin retorno, el fenomenal «efecto 2000». Resulta difícil explicar a día de hoy, huérfanos como estamos de LPs que cambien las reglas del juego, sujetos a la dictadura del single efervescente con fecha de caducidad, la expectación sin límite con que sus seguidores aguardaban ansiosos la oportunidad de poner manos y oídos sobre un material que incubaba en su interior la gema del mito; bien es cierto que a todo ello contribuyó no sólo el genio del artista y los descomunales singles que sirvieron de adelanto («Devils Pie» y «Left & Right”), sino también la interminable sucesión de retrasos y disculpas que han terminado por constituirse en marca de la casa. Cinco largos años de espera desde su debut en los que D’Angelo aprovechó para formar una familia, tener un hijo con la vocalista de R&B Angie Stone, cambiar de sello (pasando de EMI a la Británica Virgin), de representante, estudiar con detalle a los clásicos ampliando su círculo de influencias y reclutar uno a uno, con enfermizo perfeccionismo, a los técnicos y músicos que habrían de dar forma tangible al proyecto que tenía en su cabeza.

Voodoo era por fecha de edición un álbum del S.XXI que sin embargo resumía, como probablemente ningún otro antes ni después, las bondades de la música negra americana del siglo anterior. En él dialogaban de modo amistoso y fluido el Jazz, el Soul, el Funk, el Hip Hop, el Gospel o el R&B, estilos a los que D’Angelo rendía un respeto mayúsculo pero que en sus manos sonaban rejuvenecidos y urgentes. Debe estremecer y alimentar el ego al mismo tiempo sentirse heredero de una estirpe, hijo pródigo encargado de su supervivencia.
Si Brown Sugar, su obra previa, aún conservaba los tics de género y cierta rigidez del Hip Hop de los 90, Voodoo se liberaba de corsés apostando por un sonido suelto y orgánico, definitivamente favorecido por la utilización de material de amplificación y grabación vintage con que el técnico de sonido Russ Elevado supo rodearse durante proceso de creación del álbum. No en vano, tras el descubrimiento de Hendrix por D’angelo, decidirían conjuntamente grabar el disco en los estudios Electric Ladyland que el guitarrista de Seattle construyó antes de morir y que aún atesoraban en su interior verdaderas joyas.

Un parto nocturno, prolongado hasta el amanecer en interminables jams donde los músicos buscaban deliberadamente la interacción. El Dream Team formado por el batería de los Roots Amir ?uestlove, y el bajista galés Pino Palladino (sí, han leído bien, el bajo del que es por derecho uno de los discos más negros de la historia es nada menos que de un ¡Galés!) acompañados por el virtuoso guitarrista Charlie Hunter, el teclista James Poyser y el niño prodigio del Jazz contemporáneo, el trompetista Roy Hargrove, no eran solo algunos de los instrumentistas más avezados de su generación, sino los más apropiados para encumbrar el genio de D’Angelo a cotas inmortales. Una vez elegidos los compañeros de viaje, eso tan complejo para cualquier frontman que es aparcar el ego, hacer hueco y dejar que cobren el merecido protagonismo, D’Angelo lo asume con naturalidad; después de todo, ahí estaban sus predecesores para mostrarle el camino recto: Miles no sería igual sin Evans ni Sly sin Larry Graham.
Hay algo mágico en el desarrollo que hace de Voodoo un disco irrepetible: la utilización de elementos indisociables del género retirando las máquinas del proceso, la recreación de la filosofía del sampleo con instrumentos «reales», pero sobre todas, despunta la incestuosa relación del bajo con el beat, que se convierte en huella dactilar. Esa enfermiza obsesión, que tan bien explica ?uestlove cada vez que tiene oportunidad, sobre la necesidad de adelantar la caja, al tiempo que el bajo flirtea con su posición, siempre cambiante, urden un tejido rítmicamente inestable y distintivo. Una cierta sensación de desasosiego, de buscada imperfección recorre el disco de punta a cabo convirtiéndose en ADN del mismo.
Los golpes de Voodoo con que abre “Playa, Playa”, el primer corte del disco, desatan una sucesión de canciones maravillosas: baladas que son puro gozo (“Untitled”, single acompañado de un polémico e incendiario vídeo que atraería la atención del público mayoritario por cuestiones no exactamente musicales , “Sent To Me”, el primer tema compuesto y grabado del álbum o “Africa”, corte que cierra el disco y en que se postra a los pies de su idolatrado Prince); rendidos homenajes al hip hop más militante (“Left & Right”, co-escrito y cantado por el dúo formado por Method Man & Redman) o la experimental “Devi’s Pie”, compuesta y co-producida por Dj Premier de Gangstarr, una oda al sampling y los ritmos programados que sin embargo destila aroma de jam. Ejercicios de virtuosismo vocal (“The Line”, “The Root”), incuestionables tratados de groove Clintoniano (“Chicken Grease”) o versiones que estremecen (“Feel Like Making Love”).
Sobre todas ellas, y esto ya es una opinión muy personal, sobrevuela la magistral “Spanish Joint”: una tremenda jamde tintes experimentales de algo menos de seis minutos compuesta por el propio D en la que la guitarra/bajo de ocho cuerdas de Charlie Hunter marca la pauta, ?uestlove depara su mejor momento del disco, los descomunales arreglos de viento de Hargrove aportan algo más que color al conjunto del tema y un cierto aire latino general, sin duda producto de la presencia del mítico Giovanni Hidalgo a las congas, recorre el tema. Una de esas canciones eternas que crecen con cada escucha; la guinda de un pastel irrepetible.
El álbum, como era de esperar, obtuvo un éxito inmediato de público que se tradujo en ventas millonarias; al tiempo, la crítica caía rendida ante la arrolladora demostración de genio que culminaría la inacabable lista de reseñas esdrújulas con el Grammy al disco de R&B del año. Y del Siglo, si me permiten.

Black Messiah
Lo bueno se hace esperar
“Cuando te preguntas por mi estado de forma, espero que no hables de mis abdominales” (Back To The Future –Part1 )
Quince años en blanco son demasiados en la obra de cualquier creador por más que, como el caso que nos ocupa, hablemos de un artista mayor. Sus sufridos seguidores, tras años en los que las noticias sobre el genio llegaban con cuentagotas, generalmente relacionadas con sus adicciones y azarosa vida, terminamos por perder la esperanza. D’Angelo parecía haberse vaciado en tan solo dos discos y a ellos nos aferrábamos con cierto amargor. Las señales intermitentes sobre procesos inconclusos de grabación llegaban desde distintos frentes: su productor, Russ Elevado o ?uestlove, compañero de fatigas y batería de los Roots anunciaban pequeños avances, días y noches de estudio que emitían cierta luz de esperanza pero poco más. De ahí que cuando finalmente se fijó el 15 de Diciembre de 2014 como fecha de edición del nuevo álbum no nos lo terminamos de creer del todo. Pero ¡eh!, catorce años y once meses después de Voodoo, por fin teníamos material nuevo al que hincarle el diente y eso eran muy buenas noticias.

El hecho cierto es que el tiempo parecía haber borrado cualquier resto de expectativa sobre lo que D’Angelo tendría para ofrecernos. Unos abogaban por un continuismo que parecía ir en contra del carácter siempre experimental del artista; otros aseguraban que las nuevas influencias, toda la música que había escuchado en esos años (algunas tan alejadas de su paleta original como los Beatles, Zeppelin, Bowie, Beach Boys, Zappa o Captain Beefheart) tendría que plasmarse de algún modo en su nuevo trabajo. El resultado final pareció dar la razón a unos y otros, no en vano los créditos y la composición de los temas se extiende desde principios de los 2000 hasta prácticamente nuestros días.
Black Messiah, editado por su nueva casa de discos, RCA, (a la que tal vez podría achacársele una cierta indolencia en la promoción y distribución del trabajo), fue recibido con enorme excitación por el público, pero más aún por la crítica, que lo aclamó de modo inmediato con reseñas entusiastas e inmoderadas, empujados sin duda por la calidad del mismo pero también por la falta de experimentación y búsqueda, de obras de calado y perdurabilidad, de las que adolece el R&B moderno.
Lo más destacado tras una primera escucha del disco es su carácter experimental, su voluntad de indagar profundamente en la herencia de sus maestros Sly Stone (There’s A Riot Goin’ On) y Prince conjugando estos con elementos de rock clásico antes inexistentes en la obra del artista. Una sensación orgánica recorre el disco como columna vertebral, olvidados ya definitivamente el hip hop y sus secuencias. Ahora D’Angelo tiene una banda y está orgulloso, compartiendo con ellos las mieles del triunfo. Los más devotos es cierto que lamentamos una cierta pérdida de rudeza en la producción, particularmente en lo referente a la sección rítmica, bajo y batería; cierto es que nunca llueve a gusto de todos.

El carácter continuista lo encontramos en baladas como “Really Love” (que abre con una encendida declaración femenina en castellano, una guitarra española que completa el cliché y unos arreglos de cuerda de los que D había decidido prescindir anteriormente) o en “Sugar Daddy”, composición de carácter Clintoniano y objeto de una extraña artimaña promocional que incluía descarga gratuita y limitada desde la web de Red Bull. Por encima de todas destaca “Betray My Heart”; maravillosa de punta a cabo, te hace sentir añoranza de los good ol’ days: el bajo magistral de Pino Palladino, los inconfundibles arreglos de viento del mago Roy Hargrove, la intuición melódica del D’Angelo en todo su esplendor y una cierta y relajada sensación de genios tocando en directo y pasándoselo en grande.
Por su parte, el carácter experimental se vaciaba en cortes como “1.000 Deaths”, “Prayer” o, en menor, medida en “The Door”. En ellas la composición se vuelve más enrevesada, por momentos sicodélica, la producción oscura y cacofónica, y un cierto y refrescante tono lo-fi lo envuelve todo. Un bofetón sonoro en la cara de el R&B actual, sintético y operado, carente de toda personalidad. Porque Black Messiah no se creó para ser escuchado en los altavoces de un portátil; para apreciar toda su profundidad se impone una escucha pertrechado de unos buenos auriculares o un equipo de alta fidelidad que permita apreciar todas sus capas, sus infinitos detalles. Es tras una escucha consciente y entregada que saca a relucir sus mayores virtudes: sobra todas despunta un trabajo vocal mayúsculo, explorando las posibilidades de una voz ya de por si privilegiada, dotada de un falseto poderoso y sutil al tiempo, que el maestro exprime con naturalidad.
Es indudable, o al menos la opinión del que esto escribe, que Black Messiah está un peldaño por debajo de sus predecesores, pero no lo es menos que sirve de acertada continuación (o cierre, con D’Angelo nunca se sabe) para una carrera musical que nos ha dejado algunos de los momentos más brillantes e inspirados de las dos últimas décadas. Bien y bravo, Michael Eugene Archer.

COMUNICADO DE RCA:
“Fue un visionario sin igual que fusionó sin esfuerzo los sonidos clásicos del Soul, Funk, Góspel, R&B y Jazz con una sensibilidad de Hip Hop. La composición, el talento musical y el inconfundible estilo vocal de D’Angelo han perdurado y seguirán inspirando a generaciones de artistas por venir”.
COMUNICADO DE LA FAMILIA:
“La estrella brillante de nuestra familia ha apagado su luz en esta vida. Después de una prolongada y valiente lucha contra el cáncer, estamos devastados al anunciar que Michael D’Angelo Archer, conocido por sus fans en todo el mundo como D’Angelo, ha partido de esta vida hoy, 14 de octubre de 2025. Nos entristece que solo deje recuerdos entrañables con su familia, pero estamos eternamente agradecidos por el legado de música extraordinaria y conmovedora que deja. Les pedimos que respeten nuestra privacidad en estos momentos difíciles, pero les invitamos a unirse a nosotros en el duelo por su fallecimiento y, al mismo tiempo, en la celebración del don de la música que dejó al mundo”
El pasado 24 mayo Enlace Funk Experiment con Génesis de Jesús recordábamos a D´Angelo reinterpretando Voodoo en su 25º aniversario. El próximo 20 diciembre en CAFÉ BERLÍN volveremos a recordar su música y su vida.























