Connect with us

Looking For The Perfect Beat

Funkologia Archivo

DONNY HATHAWAY. 80º Aniversario y concierto homenaje.

El próximo 19 octubre celebraremos la vida y la música de Donny Hathaway con una noche muy especial en Café Berlín de Madrid. El espectáculo que traerá de vuelta los directos más épicos de la leyenda del Soul. Desde el estallido de su genio creativo, hasta los silencios
más oscuros de su lucha interior.

TODA LA INFORMACIÓN Y VENTA DE ENTRADAS AQUI

DONNY HATHAWAY: Llamando a las puertas del Olimpo

Por Rodrigo López Muñoz, “Donny”

Artículo publicado originariamente en el número 57 de la edición impresa de la revista Enlace Funk.

13 de enero de 1979. Noche de perros en Nueva York. Frío húmedo, del que cala hasta los huesos, agua-nieve y viento desapacible. La gran urbe palpita inmisericorde un día cualquiera más, ajena a sufrimientos subjetivos y problemas estructurales, como una apisonadora que tritura todo a su paso. Manhattan y su pulmón verde, Central Park, restallan icónicamente de entre las sombras de una noche gris en la que, súbitamente, el Hotel Essex, a un paso del parque, se convierte en protagonista. Sobre la medianoche y con un tapiz de nubes de fondo, la silueta de un hombre corpulento aparece de pronto suspendida en el aire a la altura del decimoquinto piso del hotel. Cae rápidamente, a plomo, envuelto en su propio abrigo y bufanda y choca contra el suelo violentamente, perdiendo vida y alma en el mismo instante en el que un empleado del hotel lo ve, frágil y abandonado, en mitad de la acera.

Al rato, en otro lado apartado de la ciudad, el teléfono suena apremiante en casa de un afamado productor musical de apellido Mtume y de nombre James. “Se ha tirado. Donny está muerto” dice de pronto una voz femenina entre sollozos, la misma voz que un día cantó “Killing Me Softly” y la misma voz que había compartido pentagrama, discos y amistad con el hombre muerto. Roberta, que así se llamaba la dueña de esa voz femenina irruptora sorpresivamente aquella madrugada, sabía por lo que lloraba. Se había ido Donny, su gran amigo, después de un terrible sufrimiento paranoide y depresivo. Se había ido, atormentado por sus propios demonios, Donny Hathaway, el inolvidable artista de la inseparable gorra que, paradojas de la vida, en ese preciso instante, pasó a ser inmortal.

Talento precoz

Casi treinta y cuatro años antes y justo unos meses después del fin de la II Guerra Mundial, concretamente el 1 de octubre de 1945, la ciudad de Chicago vio nacer a un chico menudo, de rasgos amables y ojos grandes y expresivos llamado Donny Edward Hathaway. Al poco tiempo de venir al mundo, y al hacerse oficial que su padre, soldado del ejército estadounidense, nunca se iba a hacer cargo de él, la casa de sus abuelos en la ciudad de St. Louis fue su tempranero destino. Precisamente fue su abuela Martha, una maravillosa cantante de Gospel, quien le introdujo en los ambientes musicales, al mismo tiempo que bebía de los espirituales interpretados en las iglesias que, junto a ella, visitaba. De esta época procede también su prematuro interés por el piano, instrumento que llegó a dominar muy precozmente, infectado por los sonidos Gospel, Blues, Jazz y R&B que desbordaban las radios en aquel momento, pero también por la música clásica, la cual abrazó sin complejos desde bien pequeño. Tal era su dominio que, según cuentan, a los tres años ya era capaz de cantar y a los catorce ya podía tocar el “Concierto para Piano” de Grieg y el “Mesías” de Handel, lo cual le abriría muchas puertas y, a posteriori, imprimiría a su obra un maravilloso y heterodoxo toque personal. Es precisamente esta influencia la que le lleva a asimilar la música negra primigenia –el Blues, el Gospel, los espirituales- de forma distinta al modo común que en otro tipo de artistas es casi axioma.

Con una merecida beca por su grado de excelencia con las ochenta y ocho teclas, un joven Hathaway ingresa en la universidad en 1964. Allí recibe clases del maestro Yusef Lateef y empieza a granjearse contactos granados como Leroy Hutson, Roberta Flack o Ric Powell, de cuyo trío de jazz formaría parte durante una temporada. Ya en 1967, y con tan sólo 22 años, numerosos sellos llamaban a su puerta. Antes de aterrizar en Atlantic pasó por Twilight, el sello de Syl Johnson donde comenzó a producir sus primeros discos y por Curtom, vía Curtis Mayfield y los Impressions, los cuales no pudieron retenerle mucho tiempo. Su reconocimiento en los círculos próximos y no tan próximos iba adquiriendo cada vez más fuerza debido, en gran parte, a sus arreglos y producciones para otros artistas. Incluso se cuenta que cuando Stevie Wonder escuchó estos primeros arreglos vocales e instrumentales empezó a repartir entre sus amigos y productores grabaciones caseras de canciones en las que Hathaway intervenía, señalando que así era como él quería sonar ¡el mismísimo Stevie Wonder!

En 1969, el saxofonista de cabecera y hombre fuerte de la mencionada Atlantic escucha un esbozo, una maqueta de una composición llamada “The Ghetto”, casi instrumental, de cadencias afrolatinas y ritmos hipnóticos entrelazados con jugosos juegos al piano y una voz de extracción góspel que le deja absolutamente pasmado. Curtis presenta esa maqueta a los gerifaltes del sello e inmediatamente Donny Hathaway comienza a formar parte de la plantilla de tan señera casa. Con 24 primaveras ya tenía los cimientos echados y bien apuntalados para construir sobre ellos una trayectoria de éxito. Pero, como veremos a continuación, sólo fue así a medias.

Cantar para mitigar el sufrimiento

Tan solo un año después, en 1970, vería publicada su ópera prima. Se llamó Everything Is Everything y lo abría una composición semi-instrumental llamada “Voices Inside” en la que en su estribillo cantado se distinguía ese ya conocido y quizá premonitorio «escucho voces, veo gente. Escucho voces de mucha gente». Su ya mencionado “The Ghetto”, escrito junto a su colega Leroy Hutson, también se encontraba entre los surcos de un álbum sólido y preciosista a partes iguales, que irradiaba libertad y espiritualidad por todos sus poros y que, al fin, ponía sobre el tapete y a disposición del gran público el poderío artístico del músico de Chicago.

1971 es el año de publicación de su segundo álbum, un trabajo homónimo denominado Donny Hathaway, donde se incluía su famosa y asombrosa reinterpretación del “A Song For You” de Leon Russell, posteriormente considerada una de sus canciones fetiche. Sin embargo, y a pesar de que la suerte parecía sonreírle tanto en su vida profesional (pronto publicaría con Quincy Jones una banda sonora y con Roberta Flack el primero de sus dos álbumes conjuntos. También un magnífico directo, Live) como en su vida personal (por estas fechas venía al mundo su primera hija, Lalah), en 1972 se le diagnostica esquizofrenia paranoide, lo que desemboca en una depresión crónica que atravesaría dolorosamente su alma desde ese momento hasta su impactante muerte.

Con un Donny Hathaway cada vez más encerrado en sí mismo y más receloso en sus relaciones sociales, en 1973, ve la luz Extensión Of A Man, un nuevo trabajo, el tercero de estudio, que muchos consideran su obra cumbre y que incluía dos de sus himnos más alabados (“Someday We’ll All Be Free” y “I Love You More Than You’ll Ever Know”). Joven y con talento como era y en pleno desarrollo artístico como estaba, todo hacía prever una carrera meteórica. Nadie podía imaginar entonces que este álbum sería, a la postre, su último disco publicado en vida. Un trabajo mayúsculo y maduro, con sobrada capacidad para llegar a un amplio espectro de gente que, sin embargo, no podía soslayar la realidad humana de una persona que se deshacía a pasos forzados en un embrollo paranoide, depresivo e insufriblemente ludópata que, en los siguientes años, le llevaría a ser ingresado varias veces en el hospital. Perdido en la vida, arisco y taciturno durante quizá demasiado tiempo, no fue hasta que el productor James Mtume le insistió cuando decidió volver al estudio en 1978 para grabar “The Closer I Get To You” junto a Roberta Flack, clásico inmortal que supuso el retorno de una amistad rota años antes por sus recurrentes desvaríos y desmanes.

Con los dos artistas ya por fin reconciliados, se estaba preparando un segundo álbum de duetos. Fue en la grabación de una de sus canciones, “Back Together Again”, cuando Flack vio a su mejor amigo con vida por última vez.

Tócala otra vez, Donny

Principios de los setenta. Greenwich Village, Nueva York. Las mesas de un pequeño pero renombrado club llamado Bitter End se encuentran repletas de gente. El ambiente, enmarañado de denso humo. La barra, bullendo de alcohol barato. En el pequeño escenario esperan, solitarios, un piano acústico y otro eléctrico, una guitarra, un bajo y una batería. La banda, en los camerinos, juega. Le gusta hacerse rogar el tiempo justo para darse la suficiente importancia sin resultar irrespetuosos con un público que espera ansioso. Quince minutos después de la hora fijada, salen al escenario guitarrista, bajista y batería y comienzan a improvisar sobre una base de Rhyhtm & Blues. Arrancan los primeros aplausos justo cuando en la tarima aparece un hombre corpulento, ataviado con jersey de cuello vuelto, pantalones de pana y gorra de repartidor de periódicos. Como si nada, sonrisa en boca, se sienta al teclado eléctrico y se une a la formación. Después de un contundente arranque, ataca el “What’s Going On” de Marvin Gaye. La primera frase, “Mother, mother, There’s too many of you crying”, restalla en el club. Silencio. El que canta es Donny Hathaway y, cuando Donny Hathaway canta, la magia se puede casi tocar, incluso asir, plasmada en un nebuloso y contundente tejido de sinergias negras, orgullosas precisamente de eso: de ser negras.

Así, en bucle y, a poder ser en directo, de frente, es como a muchos nos gustaría haber escuchado a Donny Hathaway, el espiritual y elegante crooner de empaque góspel y blues que, sólo con un puñado de discos y colaboraciones, sólo con una pequeña muestra de su alma desnuda, frágil y atormentada, sólo abriendo la boca para contar historias, sólo moviendo sus dedos sobre un instrumento durante unos pocos años, creó la suficiente base como para hacer feliz a sus coetáneos y a todas las generaciones posteriores de músicos y aficionados.

Siempre se consideró a sí mismo un artista infravalorado con respecto a otras figuras del Soul de la época. Y razón no le faltaba. Tal vez fue ese pensamiento, inserto en ese competitivo y ultra-capitalista mundillo que es la industria musical, el que le llevó a la ruina emocional que fue gran parte de su vida. Es cierto, no fue, no le dio tiempo a ser, tan innovador como Stevie Wonder (nadie lo fue en los setenta), no podía competir en sensualidad con un Marvin Gaye desbocado (nadie podía) y era menos áspero, aunque más sofisticado, que la fiera Otis Redding. Su música, más reconociblemente Gospel que la de éstos, tenía ese grado de mordiente exacto y rotundidad manifiesta para noquear desde el punto exacto en el que abría la boca o atacaba las primeras notas de su piano. Dotado de una maestría vocal fuera de lo común, muchos lo consideran uno de los mejores cantantes de la historia y es reconocida su influyente estela en los nuevos valores del Soul y del R&B, que prácticamente van besando por donde él pisó.

Poner un disco suyo, el que sea, es una de esas inolvidables aventuras que todo el mundo debería vivir alguna vez en la vida. No importa las veces que escuches una determinada composición, un arreglo concreto, un preciso y pegadizo estribillo, un giro musical inesperado o esa voz que rompe almas con el único susurrante fraseo de sus notas. Donny Hathaway siempre sacude por dentro y deja emocional y visceralmente exhausto, en el buen sentido del término.

Ahí está la frágil y cruda delicadeza de “For All We Know”, el desgarro emocional de “We’re Still Friends”, sus fantásticas revisiones de clásicos como “What’s Going On” de Marvin Gaye o “You’ve Got A Friend” de James Taylor, sus odas al amor en “Love, Love, Love”, su vertiente política y racial en “The Ghetto” o “Little Ghetto Boy”, su acercamiento a la música clásica en “I Love The Lord; He Heard My Cry (Parts I & II)” o la contundencia de esas baladas trascendentales, casi de ámbito divino (“Giving Up”, “I Know It’s You”). Discos de estudio, directos, dúos con Roberta Flack, álbumes póstumos, rarezas, producciones para terceros…Cuando se trata de un artista de una categoría tan descomunal, todo parece poco.

Siempre presente

Donny Hathaway ya había muerto, devorado por una propia identidad que él creía fallida, antes de saltar desde ese decimoquinto piso de aquel hotel de Manhattan. Hacía tiempo que no era él, paranoico, obsesionado con que alguien quería matarle y robarle su música. La noticia de su abrupto final se extendió como la pólvora en pocas horas. Toda la población negra estadounidense paró, lloró y rezó por él. Al entierro en St. Louis, oficiado por el reverendo Jesse Jackson, acudieron amigos como Stevie Wonder, Aretha Franklin o Nina Simone. Así acababa el relato de un hombre al que sus propios fantasmas no le permitieron reinar, un hombre de existencia tan tumultuosa como borrosa para la historia al que apenas un puñado de fotos por la red y unos pocos recuerdan. Eso sí, esos pocos que le recuerdan le consideran la mejor voz que jamás haya pisado un estudio o una tarima. Sea o no sea objetivamente así, lo cierto es que no tuvo tiempo de asegurar su paso a la posteridad al mismo estrato en honores, popularidad y halagos de otras deidades legendarias del Soul con final también desgraciado como Sam Cooke o los mencionados Otis Redding o Marvin Gaye. Donny Hathaway fue siempre un músico desterrado, un secundario en cuanto a fama se refiere, actor clave, sin embargo, en el andamiaje y ulterior desarrollo de la música popular negra hecha tras su muerte. Y, afortunadamente para todos nosotros, así sigue siendo.

Como muestra, un simple y relativamente reciente botón. Veintisiete largos años después de su muerte, en el año 2006, Amy Winehouse golpeó las listas de ventas con su críticamente aclamado Back To Black. El disco lo abrió “Rehab”, una canción posteriormente radiada hasta la saciedad, incluso en populares radiofórmulas, que versaba sobre su negativa a acudir a un centro de rehabilitación. En un momento determinado, Amy, digna, retadora e impugnadora, nos soltaba a la cara una auténtica y sincera declaración, por un lado, de claras intenciones y, por otro, de rotunda pleitesía: “No hay nada que tú puedas enseñarme que no pueda aprender del señor Hathaway”. Nada más que añadir, señoría. Tras ello, sólo se puede apostillar un “Amén hermana” como un templo y cerrar lo más dignamente este humilde texto.

Va por ti, Donny.

Gracias por hacernos felices.

Let The Funk Flow...

Funkactualidad

Ya está aquí la nueva edición de LOS PREMIOS ENLACE FUNK “Los Clinton”, que reconocen la labor de los artistas que practican Soul, Funk,...

Funkactualidad

Emisora Oficial: RADIO CALLAO MADRID

Funkactualidad

Emisora Oficial: RADIO CALLAO MADRID

EF Recomienda

Lance Ferguson lanza el tercer volumen de su serie "Rare Groove Spectrum" para el sello Tru Thoughts, un recorrido con una banda en vivo...