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Looking For The Perfect Beat

Funkologia Exclusivo

Eduardo Davidson, tu hombre prohibido.

En esta segunda visita a la colección de registros de artistas LGBTQ* que atesora Gladys Palmera, nos adentramos en el legado de Eduardo Davidson (Claudio Cuza, Baracoa, Cuba, 1929) uno de los compositores más transgresores de América Latina.

Logré romper las cadenas que, sin piedad, me ataban

Lo triste de mi vida se volvió feliz

Perfume de alegría tiene mi alma libre

Tengo el alma libre para amar.

(“Alma libre”, Eduardo Davidson, 1967).

Davidson escribió libretos para telenovelas, creó coreografías, cantó y compuso música de distintos géneros. Y bailó, bailó mucho. Era divertido, el perfecto ejemplo del arquetipo jester, o esas almas bufonescas que, en el buen sentido, encarnan la alegría, el humor y la capacidad de transformar la vida a través del juego y la irreverencia, recordándonos no tomarnos la vida demasiado en serio.

Nuestro emplumado protagonista arribó a La Habana antes de cumplir los 20 años como firme candidato al poco codiciado título de maricón notable; fue todo un fenómeno popular, asombraba por su atrevimiento y abierta homosexualidad en una época en la que la norma de supervivencia exigía ser discretos. En 1959 compuso “La Pachanga”, para Rubén Ríos, que grabó bajo el sello La Sublime. El crítico José Torres Cindrón reportó en 1961: “La Pachanga ha llegado para quedarse y volver locos a millares de personas atraídas por su ardiente ritmo. Lo que comenzó como un baile de locos hace menos de dos años se ha extendido por todos los centros nocturnos de la ciudad para contagiar a los amantes de la música brava. Se baila en la fiesta familiar de El Barrio y en Long Island, en el Bronx y Manhattan, también en los clubes nocturnos donde, desde el más humilde hasta el más elegante, van a gozar la pachanga”.

Su innovadora fusión que derivó en género rítmico entre los antillanos de Nueva York a comienzo de los años 60 es un cha-cha-chá con injerto de son montuno, salpimentado con merengue y un toquecillo de mambo (¡inspiró hasta al Che Guevara, anticristo de la rumba, para afirmar: «¡Esta será una revolución con Pachanga!»). Hoy bastante olvidada -excepto en “La Jerusalem de la salsa” (Cali, Colombia), brotó del espíritu de un hombre que se negó a vivir en un closet; un pionero de la reinvención, la autopromoción, el mariconeo a la luz del día, la dignidad y la libertad artística.

En 1957 Eduardo Davidson era compositor de nómina en la disquera Panart para quienes compuso en clave de cha-cha-chá: “Yo siempre arriba”, “Sobando el son”, “Azúcar salá” y la pieza afro “Elegguá Inkío”, además de los libretos para dos telenovelas que tuvieron muy buena acogida: Ayúdame Dios mío y El batey de las pasiones.

Componía para la Orquesta Sublime (dirigida por el flautista Melquíades Fundora) habitual en los Jardines de La Tropical, la meca del baile criollo por entonces, y allí estrenó “La Pachanga”. El impacto fue tan grande que al día siguiente La Sublime la interpretó en la TV nacional con coreografía a cargo del autor (esos irresistibles brinquitos incorporados tuvieron el mismo efecto que “La Lambada” tendría treinta años después). Y al caer la tarde el arrebatado público ya se sabía la letra y los pasos. Un hit, en términos millenials. La Orquesta Aragón y el flautista pinareño José Fajardo pronto llevaron La Pachanga a New York. Y de ahí, pasó a arrasar en muchos países de Latinoamérica.

“La Pachanga” nació en una acera de La Habana en 1959, de madrugada, cuando el lechero pasaba por ahí, cerca de un cabaretucho llamado Montecasino, entre las calles Prado y Genios. Se grabó por vez primera un 5 de agosto de 1959 en los Estudios Panart, de La Habana. Los comunistas de la revolución se desquitaron prohibiéndola cuando su autor decidió quedarse en los Estados Unidos en busca de la auténtica fortuna: la libertad de ser quien te dé la gana de ser. El Che Guevara no lo admitiría nunca, pero aquello había pasado a ser una revolución sin pachanga.

Cuando yo siento los cueros, cuando yo siento el timbal

Y las maracas que ríen, siento mi cuerpo vibrar

Y la sangre que me grita.

Para quien desee disfrutar de la discografía de este coqueto y prolífico compositor, la colección Gladys Palmera ofrece sus obras más populares, y algunas auténticas rarezas: su infaltable Grandes Éxitos, El Bimbi, El inigualable, Le Frisson, Le Chien / The Dog / El Perro (1968), Qué Será? Es el único y el aclamado disco Natural Masterpiece de 1970 con músicos de pedigrí/amigos que nunca le dieron la espalda: Alfredo Munar, Bobby Collazo, Frankie Colón, Israel López (Cachao). Además de El hombre inconquistable y Su hombre… Soy yooo!

En las portadas se aprecia cómo Davidson fue mezclando elementos estéticos que iban de lo Dandy a la santería cubana, joyería y bisutería hippie; lo lisérgico, cómico, desenfadado y reivindicativo.

Creador incansable, en 1962 logró imponer otro nuevo ritmo: el Bimbí (mezcla de afro con samba brasileña). En 1967 volvió con a probar suerte con Le Frisson, pero sin mucho éxito.

“Ojos y pelo miel, del color del melocotón maduro. Y es soltero. Tiene la gracia, el sabor y el magnetismo de un elegido de Dios en escena” escribió Diego González para la contraportada de El Inigualable, otro gran álbum de Davidson.

Para Tommy Meini, curador de Gladys Palmera, “en la música cubana del pasado siglo no hubo otro como él; alguien que alcanzara tal nivel de celebridad y reivindicara la diversidad sexual de manera tan frontal y sin complejo alguno”. Ni alguien tan olvidado por su comunidad LGBTQ* para cuando la muerte llamó a su puerta, a los 64 años en Nueva York, un triste 10 de junio de 1994.

La mejor manera de recordarlo hoy es sumergirse en su obra, reírse con sus ocurrencias, mover los hombros al son de su pachangueo, admirar su capacidad lírica y compositiva, su espíritu libre, ver más allá de sus mariconeos.

Buscar la misma libertad y el respeto que él parece haber encontrado. Y salir esta noche de pachanga, que la diversión, en los ultraconservadores tiempos que corren, se antoja un delicioso acto político.

TEXTO: Marcelo Chaparro

FOTOS: Colección Gladys Palmera

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