En las manos de Juanfe Pérez, el bajo flamenco se convierte en un instrumento que establece un juego de espejos en el que ya nada es nunca más, lo que parece. Como sucede la primera vez que se escucha a Jimi Hendrix o a Vicente Amigo, uno no percibe que eso que suena sea un instrumento de cuerdas tocado a base de briega con unas manos de humano, sino más bien una criatura elástica, gomosa e interminable que se retuerce sobre sí misma cambiando de relieve a cada instante, en permanente ebullición interna.